lunes, 14 de julio de 2014

Asfixia.

¿Recuerdas cuándo el dolor era psicológico? ¿Recuerdas el tiempo en el que la presión de tu pecho no te recordaba que tu viaje se está acabando? ¿Recuerdas despertarte y sentirlo, sentir cómo cada parte de tu cuerpo vibraba al ver su foto? ¿Recuerdas sentir amor? Yo lo recuerdo. Un amor tan grande e intenso que atravesaba cada centímetro de mi piel hasta comprimir mi pecho, que me gustaba, porque por mucho que me doliese me hacía sentir viva. Es verdad que es una droga, haz caso cuando te lo digan. 
Tanto la quería. Su amor es como una droga que te atrapará, cuando te cautiva ya no hay más que su ausencia. Pero yo no tengo ausencia, tengo dolor, un dolor físico tan potente que amartillea mis pulmones como si tuviese la intención de ahogarme desde dentro para así no volver a sentir nunca más dolor psicológico alguno.
Día tras día, está acechando, recordándome lo débil que nuestra especie puede llegar a ser y que hoy tampoco va a ser un buen día.
Tanto la quería. La quería casi tanto como quiere mi mente una evasión, casi tanto como quiere Bast a Kvothe, casi tanto como mi chocolate caliente a las nubes inglesas. 
Pero ya no está, y ahora sólo recuerdo quererla.
El dolor psicológico no está, pero sí el físico, que acarreará otros que mi cuerpo y alma ya no podrán aguantar.