martes, 15 de julio de 2014

"Caer, levantarse, insistir, aprender"

Es bonito cuando solo queda el frío. Adentrarte en el bosque en plena ciclogénesis, con el viento y las ramas de los árboles azotando todas las partes de ti y el corazón latiéndote, a punto de explotar. Con el frío invernal calando tus huesos. Corriendo, intentando no caer, huir como el individuo cobarde y asustado que te sientes, el animal herido que sabes que eres. Y entonces te caes, notas cómo todo a tu alrededor se para, el frío que está yendo, el viento ya no sopla, los árboles y plantas ya no luchan contra él y en tu cabeza ya no hay ese ruido atronador que te amartillea la cabeza con la esperanza de que si sigue así te volverá loca de nuevo. Y te levantas, giras sobre tu cuerpo, y lo buscas, inspeccionando con la mirada cada rincón de ese frondoso pero vacío bosque. Pero no está. No te persigue, y te alegras, pero te enojas. Te enojas porque cada vez la tienes más cerca, le vas poniendo cara y nombre y empiezas a saber cómo se comporta, cómo te va a aterrorizar la próxima vez y se te ha vuelto a escapar, y te equivocas, porque es más listo que tú y sabe que mañana va a ser peor que ayer. Pero eso da igual, porque hoy ya has superado a tus monstruos.